Ernesto Cervantes: El rostro humano detrás de los objetos

«El rostro humano detrás de los objetos»

Ernesto Cervantes Morales nació en Oaxaca recién iniciado el siglo XX, como hijo menor de un médico distinguido que presidió el ayuntamiento de la ciudad. A la muerte del padre durante la epidemia del tifo en plena revolución, la familia emigró a la Ciudad de México, donde Ernesto conocería a José Vasconcelos, quien lo recibió con cordialidad por ser paisano y le presentó a los artistas que pintaban los murales de la Secretaría de Educación Pública a principios de los años 1920. Fue así como se relacionó con Diego Rivera, Frida Kahlo, Tina Modotti y otros.

De esa amistad nació su vocación al darse cuenta que, a pesar de no haber hecho estudios profesionales, él podía ganarse la vida vendiéndoles sarapes de Teotitlán a los intelectuales y los turistas, junto con cántaros de Coyotepec y otras manufacturas oaxaqueñas que en aquel entonces no se conseguían en la capital.

«Pronto se distinguió por su buen ojo para encontrar piezas excepcionales para museos y coleccionistas.»

Al poco tiempo abrió una galería sobre la Avenida Juárez frente al Palacio de Bellas Artes, que llamó Casa Cervantes.
Años más tarde, estableció una sucursal de la galería y un taller de tejido en el antiguo oratorio de San Felipe Neri en Oaxaca (fundado en 1661), donde había nacido Ernesto, inmueble que su abuelo había comprado durante la segunda mitad del siglo XIX.

La galería ocupó la sala que abría a la calle de Porfirio Díaz, mientras que el taller de teñido y los telares se instalaron en los cuartos y corredores en torno al primero de tres patios. Desde un inicio, Ernesto se interesó por los colorantes, las técnicas de tejido y los diseños de la mantelería oaxaqueña.

Experimentó con varios tintes industriales para lograr colores firmes, al mismo tiempo que desarrollaba un procedimiento para que las madejas no se tiñeran de manera uniforme, sino que los hilos lucieran sutiles variaciones de matiz dentro de una paleta distintiva: rojo tomate, verde turquesa, rosa mexicano, azul marino, etc.

«Logró así un sello cromático inconfundible de la Casa Cervantes.»

Al trabajar junto con su esposa Josephine Brown, quien había estudiado arte en Tennessee (de donde era originaria), Ernesto creó una línea de ropa femenina confeccionada con tela tejida en su taller de Oaxaca.

Su producción tuvo gran éxito comercial durante la II Guerra Mundial, cuando la galería exportaba semanalmente grandes volúmenes de productos mexicanos a Nueva York.

Los diseños de Josephine y Ernesto marcaron el estilo de vestir de figuras de la talla de Kahlo, como lo atestigua el hecho de que la única prenda etiquetada que apareció en el ropero de Frida es una falda de la Casa Cervantes.

Varios huipiles, bolsas y fajas de la pintora provenían también de la galería, que en ese entonces ofrecía la selección más variada de textiles indígenas de todo México. Helena Rubinstein, Nelson Rockefeller y Franz Mayer eran clientes asiduos, entre otros coleccionistas.

Por las manos de la pareja Cervantes Brown pasaron innumerables piezas de arte mexicano de todas las épocas, que ahora resguardan museos en nuestro país y en el exterior.

Muchas de esas piezas pasaron a formar parte de las colecciones personales de Ernesto y de Josephine, quienes siempre tuvieron predilección por los textiles. Ernesto se enfocó en los huipiles y quesquémeles, faldas de enredo, fajas, talegas y atuendos de hombre, mostrando particular interés en los tejidos ingeniosos y los trabajos inusuales. Josephine, en cambio, prefería las blusas, servilletas y dechados bordados, de tal forma que su colección se centró en las labores de aguja.

La complementariedad de ambos acervos no radica únicamente en los tipos distintos de prendas y técnicas de manufactura: el caballero oaxaqueño apreciaba los colores saturados y los diseños enérgicos de raíz mesoamericana, mientras que la dama norteamericana sureña se inclinaba por tonalidades suaves y composiciones simétricas, que hacían patente una herencia europea.

En esta exhibición intentamos recrear lo que fue un diálogo entre ambos que se extendió durante varias décadas, donde el rejuego entre una y otra orientación estética, reflejos de historias de vida disímiles, dio forma a dos colecciones extraordinarias.